En la casa de campo, se dibujaba en el ambiente entre el rumor de las hojas de los sauces, el olor a domingo, a verano iniciado.
Hacía un sol espectacular que iluminaba el azul de la piscina. Con una copa de rosado espumoso, fresco fresquísimo, salí a la zona de jardines.
Allí saludé a María, que con nerviosismo, se preocupaba de que cada invitado se sintiera a gusto en su casa. Los detalles amenizaban y caminaban en paralelo a la perfección con la música que escogió de fondo. Acondicionó una zona a la sombra con sillas de acacia oscura y sus cojines a juego con la vajilla. Los azules y verdes pues empataban con la piscina. Palanganas de metal llenas de agua y flores flotantes daban un alo de jardín de hadas y duendes.
Y ya en la piscina, hamacas con grandes cojines blancos acomodaban a los bañistas. Entre ellos, Daniel.
Y decidí primero acomodarme a la sombra, con el grupo. Algunos comentaban como preparar la barbacoa para ayudar al marido de María. “Conviene empezar a hacer el fuego para que cuando nos entre el hambre, las ascuas estén a punto” dijo él acercándose a coger una cerveza fría de las neveras portátiles.
Y observé. A veces escucho las conversaciones de la gente de alrededor, pero sobre todo, observo. En varias ocasiones se cruzaron nuestras miradas. Hasta que volvió a su hamaca y ocultó sus ojos bajo aquellas gafas grandes y oscuras. Vi alejarse aquella espalda morena.
Y suspiré.
El calor de agosto abrazó mi espalda y pensé que llegó el momento de darse un chapuzón. Me despojé de la ropa dejando ver mis 58 kilos de desvergüenza femenina a la luz del verano. Estrenaba bikini palabra de honor para evitar otro verano más, las marcas feas de un bikini con tirantes al cuello.
Poco a poco empecé a bajar de espaldas, las escaleras de la piscina, a modo de princesa destronada hasta que unas manos grandes se apoderaron de mi cintura y en volandas, me zambulleron aplastando mis rizos.
-Vaya, preferiría hubieras venido de frente!- dije peinando rápidamente mi cabellera.
-No he podido evitarlo- y sus ojos azules terminaron de llenar la piscina.
-Ya te había visto venir…- dije algo ruborizada.
Ya nos habíamos visto en alguna otra ocasión pero no habíamos hablado mucho.
-¿Quieres un cigarro?- le dije acercando mi paquete de tabaco
-Gracias- y sus manos rozaron las mías al coger el paquete.
A un lado de la piscina, donde hacíamos pie, nos apoyamos en la pared, acercando un cenicero y unas bebidas frescas: cerveza para él y el espumoso para mí.
-¿Sigues trabajando en la floristería?- me dijo tras dar un trago.
-Sí, seguimos allí-
-Me gusta tu bikini-
-¿Ah sí? Es nuevo. Oye como cambias de tema…-y sonreímos
-María, ha preparado una fiesta estupenda- dijo Daniel, mirando hacia la gente.
No sabíamos a donde mirar ni de qué hablar. Pero a pesar de, tal vez la incomodidad, queríamos estar allí juntos.
Hacíamos comentarios absurdos relacionado con el tiempo, el color del agua hasta de las moscas que rondaban debajo de la sombra de los árboles.
Bajo el agua, nuestros cuerpos más ligeros, pedían estar cerca.
Aunque hacía poco que nos conocíamos, parecía no ser así. Poco a poco las palabras brotaron y las conversaciones fluyeron en armonía.
“Me encantas” pensé al verlo salir del agua. El rosado bebido hizo que al salir del agua, mis pasos no parecieran seguros. Y mis ojos brillaban más que nunca.
En la mesa no estábamos solos, pero solo “sentía” su mirada, sus gestos, su risa y esos ojos azules embaucadores.
Y llegó la sobremesa.
-¡El café está listo!- dijo Arturo, el marido de María.
-Yo lo quiero con hielo, ¡qué calor!- exclamó Daniel.
-Ahora es el momento de la siesta…-comentó otro.
Algunos se metieron en el agua para terminar de tomar el café, a la orilla de la misma. Otros siguieron la tertulia en la mesa y otros fuimos a relajarnos a la sombra, en las tumbonas. Entre ellos Daniel y yo.
Una hamaca al lado de la otra, separadas solo por el palo de una sombrilla.
-Me encanta esta casa- dije mirando hacia arriba, observando el frondoso de los árboles.